
En los albores de Purranque, cuando la villa apenas despertaba entre el barro y la llegada del ferrocarril, dos esforzados vecinos ayudaron a levantar la comunidad: doña Berta Bunster Montenegro y don Domingo Arriagada González. Pioneros ilustres – ella oriunda de la zona de Arauco; él, de la región de Santiago – confluyeron en este rincón austral compartiendo una misma condición: el liderazgo natural y el deseo de unir voluntades.
La historia de doña Berta es la de la urgencia por la vida. Llegó a Purranque de la mano de su esposo, Máximo Fernández Basso, un ferroviario de los que abrió camino al progreso. Pero fue ella quien plantó la semilla de la dignidad social. En un pueblo sin médicos, su figura se agigantó gracias a un conocimiento empírico de la labor sanitaria. Pronto, sus manos se convirtieron en el primer auxilio del vecindario; era ella quien asistía los partos, quien cortaba el cordón umbilical de los primeros purranquinos y devolvía la calma a las madres en mitad de la noche.
Esa vocación asistencial la llevó a fundar la Cruz Roja local, una institución que bajo su batuta se erigió como la organización más eficiente de los primeros años de la villa. El local de la calle Pedro Montt era el corazón latente de la salud pública cuando el primer Hospital de Purranque era solo una ilusión. Allí se realizaban las primeras curas, se estabilizaba a los enfermos y, en los casos más graves, se iniciaba un periplo casi heroico: los pacientes eran trasladados a pie en camilla hasta la estación, para luego viajar hacia Osorno en el vagón de correos, compartiendo espacio con los sacos de cartas y las mercancías.
Aquella odisea de la salud empezó a cambiar con la llegada del doctor Juan Hepp. Lejos de competir, doña Berta y el médico articularon una alianza y trabajaron codo a codo en la antigua casa de la Cruz Roja, antes de que el hospital fuera una realidad.
Don Domingo Arriagada González caminaba al mismo compás de servicio. Maestro de escuela por vocación, su nombre figura también en el acta de nacimiento de la Cruz Roja. La vieja fotografía de portada los rescata del olvido: allí está él, escoltando con respeto a la presidenta Berta Bunster.
Pero el talento de don Domingo no conoció fronteras institucionales. Fue jugador y dirigente del Club Deportivo José Miguel Carrera. También conoció el rigor del fuego y ayudó a fundar la Segunda Compañía de Bomberos. Su liderazgo natural lo empujó hacia la arena pública. Mucho antes de que Purranque alcanzara su autonomía política, don Domingo ya alzaba la voz por los vecinos como regidor ante el municipio de Río Negro; entre los años 1935 y 1938. El destino también quiso que integrara el primer cuerpo de regidores cuando la comuna, por fin, vistió pantalones propios en el año 1940.
Su legado germinó con fuerza en su propio hogar junto a su esposa, María Cristina Padilla: su hijo Ladislao custodió la memoria administrativa del pueblo como Secretario Municipal por largas décadas, mientras que Domingo, su hijo sacerdote y Vicario General en Valdivia, llevó la misma antorcha de fe y cultura en el sur de Chile.
Hacedores de pueblos; sembradores de instituciones: en 1963, la Ilustre Municipalidad saldó una deuda de gratitud. Mediante un decreto póstumo, inscribió los nombres de Berta Bunster y Domingo Arriagada en las esquinas de la Población Empart. Hoy, cuando los peatones cruzan esas calles, quizás ignoren que caminan sobre el suelo que aquellos dos pioneros levantaron a fuerza de puro corazón y vecindad.
VBS.